Por Omar Ureña

En una ocasión siendo agente de policía en los años 90, estando de patrulla un domingo cualquiera en el municipio cabecera, se presentó un juidero en un establecimiento de diversión de los que funcionan frente al parque Libertad, dónde un borracho estaba haciendo desorden, automaticamente ahí entra en acción el orden público, como tal el cabo (mi jefe inmediato) y yo tuvimos que actuar para someter al o los actores a la obediencia.

Resulta que quién estaba en esas acciones era un primo mio que se había pasado de tragos, una vez nos acercamos a él nos dijo hasta de lo que íbamos a morir, en consecuencia tomando en consideración los lazos sanguíneos y el estado de borrachera, le solicité al cabo que se le diera una oportunidad, tratando con esto de que no pensara que fui albitrario por ser mi pariente.

El cabo accedió a mí petición y no lo condujimos al cuartel en condición de detenido por alterar el orden público.

Recuerdo que el primo se desplazaba en una motocicleta, tan pronto la encendió, salió como un cepelin vociferando improperios producto de su embriaguez.

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A los 20 o 30 minutos cuando regresamos al destacamento, tuvimos que salir al hospital San José ante una llamada de que había sucedido un accidente, una vez llegados al centro hospitalario, ciertamente nos encontramos con una persona con un diagnóstico de laceraciones y traumas contusos, costillas y piernas rotas, heridas y pérdida de sangre a borbotones.

El herido era el primo… pues un carro le había pasado por encima y fue trasladado de urgencia fuera de Ocoa, por suerte, no murió.

Esta historia la hago porque muchas veces nunca se sabe que es más conveniente en nuestras vidas, a lo mejor si lo hubiésemos apresado, hoy me hubiese guardado rencor, me hubiese tildado de malo, y yo, si él hubiese fallecido en ese momento cargaría con el pesar de que no debí darle una oportunidad, porque apresándolo le hubiese evitado el accidente y una posible muerte.

Si tenemos la autoridad de tomar decisiones drásticas, aunque nos odien, ojalá que aunque afectemos amigos o familiares, lo hagamos para preservar tanto la vida de uno como de los demás, porque muchas veces por ayudar a alguien le estamos haciendo el peor de los daños.
Y como dice un dicho popular «no hay mal que por bien no venga», vea su desgracia desde esa óptica.

¡Si ombe sí!

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